Como una mano, dos manos,
muchas manos arrugadas,
y amarrado a la alambrada
crece en el tiempo, el macano.
Maravilloso y humano
va curveando desde el suelo.
Cada rama en el recelo
que le impone su negrura,
se destaca en la llanura
rasgando el aire del cielo.
En diciembre con el viento
y bajo el cielo azulito
se viste de amarillito,
como pájaro del cuento.
Y cuando el golpe violento
del hachero lo tortura.
El árbol con su bravura
al propio acero revienta,
y parece una tormenta
el macano en su negrura.
Ya convertido en horcón,
o en estaca, o en solera,
su amarga y recia madera,
toda ella corazón,
dura un siglo en condición
de sostener un castillo,
aún tiene perfume y brillo,
vive los mejores días
y adorna la “estaquería"
con un incendio amarillo.
Por eso como el macano
debe ser el hombre aquel,
que quiera ser timonel
de su pueblo soberano.
Duro, indestructible, sano,
que no sepa de ruptura,
y que vaya a la segura
victoria sin vacilar
y ponga al pueblo a marchar
prendiendo su arboladura