viernes, 20 de febrero de 2026

Quiero hablar de las comidas


Quiero hablar de las comidas

del tiempo viejo de ayer,

de la piedra de moler

la olla renegrida.

De las brasas encendidas

en tres piedras de fogón,

de la tula en el horcón,

y la tinaja en su horqueta;

y de aquella paila prieta

que daba buen concolón.


Arroz con frijol de palo

y carne asada en el chuzo,

recuerdo que desmenuzo,

de mamita en su regalo.

Hoy en mi cena no igualo

aquel café con su aroma,

y el caldo de la paloma,

con bollitos de maíz,

y mi mamita feliz

cuando me daba esas tomas


El sancocho de gallina

con orégano y culantro,

y agregado su buen tanto

de ñame y de yuca fina.

O la torta de sardina

con tortilla en la mañana,

comiendo con buena gana,

el plátano en tentación,

y un algo de chicharrón

con el adobo de iguana.


La morcilla picantita,

los frijoles,”coloraos”

y los guachos bien "guisaos"

que preparaba mamita.

Me gustaba darle cita

a la orilla del fogón;

ella ponía su tizón

y viraba la tortilla.

Era la gran maravilla,

la vieja en su dulce son.

Pueblos de la cordillera

 


Pueblos de la cordillera

que blanquean el panorama

con una torre lejana

entre sombras de palmeras.

Donde las brisas primeras

pasan llenas de rocío,

con el murmullo del río

hecho de espumas y saltos,

donde los árboles altos

de noche, tiemblan de frío.


Subiendo la carretera

curveando lomas y atajos,

de repente surge el bajo

de Boquete en primavera.

Cruzan quebradas ligeras

por el verde y negro manto,

en el aire viene un canto,

que se cuaja en los rosales,

y negrean los cascajales

entre bosques de agapantos.


Parece subir al cielo

la meseta de Lolá.

De noche se siente allá

el aire como de hielo.

En la madrugada, el suelo,

reverdece de rocío,

y aparece el caserío

entre mallas de neblina,

sobre la tibia colina,

viene el sol y se va el frío.


Casi al pie de la montaña

como una rosa en botón,

se mira el Valle de Antón

lleno de blancas cabañas.

Los riachuelos que lo bañan

tienen aguas cristalinas,

y son claras las colinas,

y frías las noches serranas,

las huertas por la mañana

tienen flores sin espinas.


Árbol de Macano

 


Como una mano, dos manos,

muchas manos arrugadas,

y amarrado a la alambrada

crece en el tiempo, el macano.

Maravilloso y humano

va curveando desde el suelo.

Cada rama en el recelo

que le impone su negrura,

se destaca en la llanura

rasgando el aire del cielo.


En diciembre con el viento

y bajo el cielo azulito

se viste de amarillito,

como pájaro del cuento.

Y cuando el golpe violento

del hachero lo tortura.

El árbol con su bravura

al propio acero revienta,

y parece una tormenta

el macano en su negrura.


Ya convertido en horcón,

o en estaca, o en solera,

su amarga y recia madera,

toda ella corazón,

dura un siglo en condición

de sostener un castillo,

aún tiene perfume y brillo,

vive los mejores días

y adorna la “estaquería"

con un incendio amarillo.


Por eso como el macano

debe ser el hombre aquel,

que quiera ser timonel

de su pueblo soberano.

Duro, indestructible, sano,

que no sepa de ruptura,

y que vaya a la segura

victoria sin vacilar

y ponga al pueblo a marchar

prendiendo su arboladura